Presencia insomne

Había estado parada a los pies de su cama por años.
Por temporadas se le hacía costumbre ignorarla;
pero a veces su presencia se hacía insoportable,
ese mirar sin pestañeo alguno,
melancólico e inquisidor…
A pesar de todo la consideraba su hermana del alma,
y tenía razón cuando decía que nadie como ella,
había permanecido tanto tiempo a su lado.
La presencia intangible le preparaba cada noche
la última taza de leche y angustia tibia,
y cada mañana al despertar
la hallaba a los pies de su cama
con el desayuno servido en bandeja de resignación.
Pese a lo insustancial de su condición,
tenía el rostro pálido como el hielo,
el cuerpo tieso y las manos temblorosas,
sin duda sus abrazos le estremecían el espíritu.
Es triste decirlo,
pero nunca pudo deshacerse de aquella presencia.
Una noche de verano se le prendió de los pies mientras dormía,
el temblor de aquellas manos le helaron el alma
y se sintió morir.
Por la mañana el miedo a no despertar
había invadido la habitación,
pero la presencia insomne aguardaba fiel,
con el desayuno tibio.

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