Invitada:Azalea Jactancia Esteban

Nosotros

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Sabías muy bien que este momento llegaría algún día. Por eso te escribo estas últimas líneas, para que sepas que aunque una mujer se ha interpuesto entre nosotros, siempre te he querido a ti y así será por siempre. Porque lo fue la primera vez que nos vimos en tu zaguán, cuando, hostigado por la lluvia, busqué un poco de cobijo y tu padre me ofreció hospitalidad. En la primera mirada que me dedicaste, tus ojos me lanzaron esporas que enraizaron de inmediato dentro de mí. Desde entonces no puedo explicar la vida sin poner tu nombre a su lado.

Me llamó la patria y no aparecí por el pueblo. No sé porqué llegué a pensar que tu memoria se agrietaría, que tal vez llegase a olvidarte y casi lo consigo.

La segunda vez que te vi fue en el huerto, con tus amigas. Recuerdo la cara que se te quedó cuando cogí la flor de calabacín y la puse en tu pelo negro. Las demás reían, parecía que el silencio nos humillaba. Pero en tu seriedad descubrí la semilla de la aprobación. Días después a tu familia le llegaron noticias tan deterioradas que tenían forma de deshonra.

A raíz de aquello tus padres tomaron medidas y no te dejaban salir a la calle, al fin y al cabo yo sólo era el hijo de un jornalero. Nadie te hizo desistir de tu idea de volver a verme. Era como retener agua entre los dedos. Suspendida por el miedo, recibiste el primer beso que te encendió el rostro y a mi me apagó el aliento. Y en los días siguientes las ganas de dormir.

Vinieron más veces y todas furtivas, pero no había secretos perpetuos en un pueblo tan pequeño y lleno de espías. La guerra se recrudeció. Fue entonces cuando te quisieron mandar a un internado. Y de ahí salió la locura, bendita locura. El primero en olerse el asunto fue mi tío. Me dijo que miraba demasiado al horizonte, que estaba inquieto y que ya era hombre para tomar la decisión.

Nos fugamos obligados por las circunstancias. No tenía otra morada que darte que un caserón abandonado en medio del campo y por lecho un montón de paja. El canto nocturno de un alcaraván fue nuestra marcha nupcial. Por un hueco de una ventana desnuda se colaba un lucero que junto con la luna pálida fueron nuestros padrinos. Aquella fue nuestra boda y luna de miel, hambrientos de deseo, mis promesas era tu alimento. Te hice un tocado de margaritas blancas, y el velo de novia se rompió de pura ternura. Deseamos que el reloj bajase los brazos, que sus manillas se relajasen y el tiempo durmiese en un beso profundo. El futuro nos daba miedo pero aquella madrugada calló un fino rocío de esperanza. Sólo estaré asustada si no estoy contigo, me dijiste temblorosa.

Lo peor llegó después cuando te presenté al frío del invierno y al rigor del verano. Sacrificaste la adolescencia. Y le ofrecimos nuestros cuerpos al trabajo. Nuestro hogar lo poníamos allí donde estuviese el tajo. Pernoctábamos en los cortijos con apenas una cortina para preservar nuestra intimidad. Hacíamos la temporada de aceitunas y lo mismo estaba yo golpeando con mi vara al olivo que tú arrodillada bajo el árbol recogiendo los suelos rindiéndole culto y pidiendo perdón. Antes, el algodón, rodeados por millones de gigantescas perlas esponjosas, una saca a la cintura y a sumar quilos, en un doloroso ángulo de noventa grados. Por la primavera venía la remolacha y sus cuidados y después húmedo el arroz. La nocturna siega del garbanzo, para acabar con la vendimia. Tu silueta se iba moldeando a esta nueva vida llena de sinsabores y caprichos del clima. Todo era soportable menos tu ausencia. Viajábamos aquí y allá sin otro ajuar que un hatillo y lo puesto. Hasta que entramos de realquilados y llegó nuestra primera flor. Venía con nosotros a todas partes, por cuna la esportilla, arropadita para que la escarcha no nos la robase. Tomé la determinación de hacerte una casa y de evitaros miserias. Por eso me marché al extranjero.

Llorabas aquella mañana cuando tomé el autobús. Yo no lo hice por no preocuparte, pero abandonaros, ¡dolía tanto! Para consolarte, ¿recuerdas?, te dije que mirases a la luna, que, dónde estuviese, también lo haría en el mismo punto. Que asomases a la niña, para veros a las dos reflejadas. Y que cuando regresase os haría la casa más bella del pueblo y que nunca más el frío os mordería… Cómo si fuese tan fácil. No había ni luz, ni agua, casi todos los días venías del lavadero con las manos paralizadas, para que no nos faltase la limpieza. Allí en la soledad de la lejanía pensaba todo el rato y buscaba cualquier excusa que me catapultase hasta vosotras. Al final ganaba el juicio al corazón y aguanté el tiempo suficiente para conseguir nuestros propósitos.

Gracias a Dios, en mi ausencia, hiciste las paces con tus padres y le compraron ropita a la nieta y te dejaron volver aunque fuese de prestado. Todo se arreglaba.

Con el tiempo regresé para hacer nuestro sueño realidad: un hogar. No precisamente como se había soñado pero real. El extranjero quedaba tan lejos que se me olvidó el camino y jamás volví a irme de tu vera. Llegó la segunda flor y parecíamos más felices que nunca por que, además, yo tenía un trabajo fijo. Era como si la felicidad se sintiese tan a gusto que no quisiera abandonarnos.

Pero los malos tiempos llegaron y de nuevo la vida te puso a prueba. Mi pierna vino a romperse de la manera más tonta. Parado y sin recursos veía como te echabas la casa cuestas y traías el pan, mientras este inútil se compadecía por su impotencia. No tuve otra cosa que hacer que perder el tiempo en los bares y alimentarme de desgana. Mi cerebro destilaba sinrazón y la sinrazón se transformaba en desgracia y dormía en tu cama. Cómo olvidar tu pena por el amante que había muerto y el despojo que te nacía. Las niñas se asustaban al ver como me tambaleaba. Hasta que una noche quedé en la calle, incapaz de llegar a ninguna parte. La mañana me recibió muerto de frío tirado en una acera. Entonces me di cuenta de que la pierna no me dolía, y envuelto de vergüenza regresé a casa en donde el sueño no había hecho noche. Me costó que volviese el de antes, tanto que jamás lo logré. Pero el nuevo era mejor, era un yo escarmentado.

Algunos seres queridos comenzaban a abandonarnos, así mi tío, (que fue quién me crió) se largó una mañana porque su corazón le dijo: Hasta aquí hemos llegado. Tu padre quedó en una silla de ruedas, no aguantó mucho. Varios amigos por esas cosas inesperadas. Y tu madre del dolor miserere. El mundo giraba y se iba renovando. A base de palos andaba el burro.

Volvió la paz, y tu patio florecía con geranios, rosales, claveles y en las noches de verano un manantial llamado jazmín nos inundaba con su perfume. Las niñas jugaban alrededor de nosotros y por la puerta llegaba el fresco de la calle.

Los años pasaban sin avisarnos. Las niñas se transformaban en palomas y por nuestra puerta revoloteaban las torcaces. Aunque no estábamos arrepentidos de lo nuestro, tampoco queríamos para ellas nuestra precipitación y gracias a Dios no ocurrió. Su suerte fue dispar pues una quiso estudiar. Pero ambas coincidieron en hacer la vida que querían.

Después llegó tu enfermedad y todos los esfuerzos por recuperarte. Parece que fuera ayer. La casa comenzaba a agrandarse; nuestras hijas se iban. Al poco tiempo llegaron los nietos y parecía que todo volvía a empezar. Nuestras ilusiones tomaron nuevas fuerzas. Esperábamos a que los niños hiciesen cualquier cosa para reírnos. El primer diente, los primeros pasos, el primer: “Abuela” o “Abuelo”. Todo a estrenar y sobre todo un universo distinto al que nos encontramos. Nos pedían caramelos o cualquier golosina, incluso que me subiese a la azotea para cogerle una estrella.

Para entonces mis huesos cogieron holgura y me chirriaban dentro del cuerpo. Mi cabeza se volvió de algodón. Los años también habían pasado para nosotros y nos faltaba poco para la jubilación.

Yo ya no era el mismo en el trabajo. Me quedaba detrás de los jóvenes y cada noche me dormía fatigado, pero no te decía nada. De todos modos ¿qué hubiese solucionado con decírtelo? Llegué al descanso exhausto y con la sensación de que hacía rato me lo había ganado. Más rápido que nuestras hijas crecían nuestros nietos, que corrían por la casa y formaban toda clase de algarabía. Recuerdo enfadarme más de una vez por tanto ruido, pero después lo echaba de menos.

Nuestros dientes comenzaron a no aguantarnos. Los lunares se transformaban en avisperos. Los huesos se hacían de plomo. Manchas como desconchones aparecían en nuestros rostros y la piel se erosionaba. Te miré y me di cuenta de que lo hermosa que eras, que nunca te quejaste y que tus manos ahora lentas tenían todavía el tacto de la amapola. No había nada más hermoso que haber llegado a esta edad y todavía conservar intacto el amor.

Como te dije al principio ahora he de irme. Una extraña dama me espera, afila su guadaña y me mira. Lo que ignora es que me voy a adelantar. Mi cuerpo cansado no aguanta más el dolor. Y las drogas no me hacen sentirme vivo. Pero no pienses ni por un momento que he dejado de amarte, tampoco sientas celo de esta turbia mujer. Ni tengas prisa en reunirte conmigo. Yo tengo tareas que hacer. Aprenderé a coser un traje de novia. Prepararé una gran boda, un coro de ruiseñores nos trinarán la marcha nupcial y habrá un gran banquete donde no falte ninguno de los que se fueron. He de construirte una casa, la que siempre soñaste, con un arriate donde no falten rosales, ni geranios, ni claveles, ni jazmines. Haré una cuna para las niñas. Y cogeré estrellas a tus nietos. Cuando llegues adornaré tu pelo negro con flores de calabacines y no nos faltarán tardes en el huerto.

Azalea Jactancia Esteban

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3 comentarios en “Invitada:Azalea Jactancia Esteban

  1. Es un texto maravilloso! Tuve que hacer un gran esfuerzo para no llorar… Tiene una dulzura que te va invadiendo palabra tras palabra…
    Gracias por compartirlo!

    Me gusta

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