Capitanes Intrépidos, de Rudyard Kipling

barco

Recuerdo que después de leer Dos años de vacaciones de Verne, me quedé super maravillada con el mar, los barcos, el vocabulario marino, las aventuras, y los jovenes valientes de sus hojas… Entonces el proximo libro que compré fue Capitanes intrépidos de Kipling, no tenía idea de quien era Kipling, solo me gustó la tapa y la reseña de la contratapa y eso para los 11 o 12 años era mucho pedir…
Para todos los que disfrutaron del post de Dos años de vacaciones, en especial para María Claudia que se leyó el libro y la felicito, les dejo el primer capítulo de Capitanes Intrépidos y un enlace para que se lo bajen si desean…

Rudyard Kipling
Capitanes intrépidos

Capítulo I
LA gastada puerta abierta del salón de fumar dejaba pa¬sar la niebla del Atlántico Norte, mientras el gran barco de pasajeros se hundía y se elevaba, sonando su sirena para avisar a los barquichuelos de la flota de pescadores.
-Ese chico, Cheyne, es la mayor molestia de a bordo -dijo un hombre cerrando la puerta de un portazo-. No lo necesitamos aquí. Es demasiado desvergonzado.
Un alemán de pelo blanco extendió la mano para apo¬derarse de un sandwich y farfulló mientras mordía:
-Conozco esa ralea. Abunda en Ameriga. Siempre di¬go que deberrían permitir la imporrtación libre de desechos de cuero para correas.
-¡Bah! Realmente, no es un mal muchacho. Merece más que se le compadezca -comentó un neoyorquino arrastrando las palabras mientras estaba echado cuan largo era sobre los almohadones- Desde que era una criatura lo han arrastrado de un hotel a otro. Esta mañana estuve ha¬blando con su madre. Es una mujer encantadora, que no cree que pueda manejarlo. Lo llevan a Europa a que termi¬ne su educación.
Un señor de Filadelfia, acurrucado en un rincón, co¬mentó:
-Su educación no ha empezado aún. Ese muchacho tiene doscientos dólares mensuales para sus gastos. Él me lo ha dicho. Y todavía no ha cumplido dieciséis años.
-Su padrre posee varrias líneas de ferrrocarril, ¿no es así? -preguntó el alemán.
-Sí, y, además, minas, aserraderos y barcos. Tiene una casa en San Diego y otra en Los Ángeles. Posee media docena de líneas de ferrocarril, como también la mitad de los bosques de la costa del Pacífico, y deja que su mujer gas¬te el dinero -prosiguió cansino el de Filadelfia-. Parece que el clima del oeste no le conviene. Se pasa la vida viajan¬do con su hijo y sus nervios, tratando de averiguar lo que puede divertir a su vástago. Supongo que empieza en Florida, sigue por los Adirondacks, Lakewood, Hot Springs, Nueva York y vuelta a empezar otra vez. La verdad es que el muchacho no parece otra cosa que un empleado de hotel de segunda clase. Cuando vuelva de Europa no habrá quien lo aguante.
-¿Por qué su viejo no se ocupa personalmente de él? -preguntó una voz.
-El padre se ocupa de hacer dinero. Supongo que no querrá que lo molesten. Dentro de unos pocos años adverti¬rá su error. Es una lástima, porque, a pesar de todo, el muchacho no es malo en el fondo, si alguien se tomara la mo¬lestia de descubrirlo.
-Mit un látigo, mit un látigo-gruñó el alemán.
La puerta volvió a abrirse, y entró por ella un muchacho alto y esbelto, de cuya boca colgaba un cigarrillo a medio consumir, y se apoyó en el quicio de la puerta. El color amarillo de su piel no condecía bien con su edad: su mirada era una mezcla de irresolución, atrevimiento y picardía, sin gran capacidad intelectual. Estaba vestido con una chaqueta roja y pantalón corto del mismo color, zapatos para montar en bicicleta y una gorra de ciclista echada hacia atrás. Después de silbar entre dientes al observar la compañía, dijo con una voz ruidosa y de timbre muy alto:
-¡Vaya, qué niebla espesa hay! Se oye continuamente a los botes de los pescadores aullando a nuestro alrededor. ¿No sería genial que chocáramos con uno?
-Cierra la puerta, Harvey -dijo el neoyorquino-. Cierra la puerta y quédate afuera. No te necesitamos aquí. -¿Quién me impedirá quedarme? -repuso con toda intención-. ¿Pagó usted mi pasaje, señor Martin? Creo que tengo tanto derecho a quedarme como el que más. Recogió unos dados que había en un tablero de damas y empezó a pasárselos de la mano derecha a la izquierda. -Señores, esto es un rollo. ¿No podríamos echar una partida de póquer?
Nadie le respondió. Echó una bocanada de humo y tamborileó sobre la mesa con unos dedos bastante sucios. Después extrajo un fajo de billetes del bolsillo, como si fuera a contarlos.
-¿Cómo está tu madre hoy? -preguntó uno de los presentes-. No la vi durante el desayuno.
-Supongo que estará en su camarote. Casi siempre se marea. Le voy a dar quince dólares a la camarera para que la cuide. No bajo al camarote sino cuando es estrictamente necesario. Siento algo raro cuando paso por el antecomedor. Bueno, esta es la primera vez que cruzo el Atlántico.
-No te disculpes, Harvey.
-¿Quién pide disculpas? Esta es la primera vez que me embarco, y excepto el primer día no me he sentido enfer¬mo. No, señor.
Golpeó la mesa con el puño dirigiendo a su alrededor una mirada triunfante y se mojó el dedo prosiguiendo el re¬cuento de billetes.
-Bueno, se ve que eres un hombre de primera clase. Eso se ve en seguida -dijo el de Filadelfia con un bostezo-. Llegarás a ser una de las personalidades notables de este país, si alguien no te lo impide.
-Ya lo sé. Soy norteamericano, en primer, en segundo, en último y en todos los lugares. Ya se lo demostraré cuan¬do lleguemos a Europa. ¡Uff! Se me ha acabado el cigarrillo.No puedo fumar esos fideos venenosos que vende el cama¬rero. ¿Tiene alguno de ustedes un cigarrillo turco legítimo? En aquel momento entró el jefe de máquinas, rojo, son¬riente y húmedo.
-¡Eh!, Mac -gritó Harvey entusiasmado-. ¿A qué velocidad vamos?
-Más o menos, a la misma de siempre -replicó se¬riamente-. Los jóvenes son tan corteses como siempre al tratar con los que tienen más edad que ellos, y éstos se es¬meran siempre en apreciar esa cortesía.
Desde un rincón se oyó una suave carcajada. El alemán abrió su cigarrera y ofreció a Harvey un cigarro largo de ta¬baco muy oscuro.
-Esto es lo mejorr parra fumarr, joven amigo mío. ¿Quierres probarlo? Te sentirrás mejor que nunca -dijo el alemán.
Harvey encendió aquella cosa desagradable con una sonrisa, sintiendo que empezaba a avanzar en la sociedad de los adultos.
-Haría falta algo más fuerte que esto para tumbarme -comentó Harvey, que ignoraba lo que encendía.
-Eso lo verremos en seguida -dijo el alemán-. ¿Dónde nos encontramos ahora, señor Mactonal?
-Nos encontramos por aquí, más o menos, señor Shaefer -terció el ingeniero-. Estaremos en el gran banco esta noche, pero, hablando en general, nos encontraremos ya entre los barcos pesqueros. Desde el mediodía he¬mos atropellado tres botes y hundido un barco francés, lo que me parece bastante, si ustedes no piensan otra cosa.
-¿Le gusta mi purro, eh? -preguntó el alemán al ver los ojos de Harvey llenos de lágrimas.
-Bien, pleno sabor -respondió el muchacho entre dientes-. Parece que hubiéramos disminuido la velocidad. Creo que voy a salir a cubierta y a fijarme en el mapa para saber la distancia.
-Yo harría lo mismo si estuvierra en su lugar -dijo el alemán.

Harvey se arrastró sobre el puente húmedo hasta la ba¬randilla más próxima. Se sentía muy desgraciado; vio al ca¬marero de cubierta que recogía las hamacas, y puesto que se había jactado ante él de no marearse nunca, su amor propio le indujo a dirigirse al puente de segunda clase, a la popa, que terminaba como el caparazón de una tortuga, y que se encontraba desierto. Se arrastró hasta el extremo, donde se erguía el mástil del pabellón. Allí se retorció en una verdadera agonía, pues el cigarro se confabulaba con las vibraciones de la hélice que parecían torturar su alma. Sentía que su cabeza iba a estallar; chispas de fuego baila¬ban delante de sus ojos; como si su cuerpo perdiera peso y sus talones flotaran en la brisa. El mareo le provocó un des¬mayo: un movimiento del barco le arrojó por encima de la barandilla sobre la cubierta en forma de caparazón de tortu¬ga. Entonces, una ola grande y gris que emergió de las sombras, por decirlo así, tomó a Harvey por un brazo y lo arrastró lejos del barco: el gran desierto verde se cerró so¬bre él, mientras caía en un profundo sueño. Le despertó el sonido de un cuerno, que le recordó el que llamaba a la co¬mida en una colonia de vacaciones en los Adirondacks, donde había pasado algún tiempo. Lentamente empezó a recordar que era Harvey Cheyne, y que se había ahogado en medio del océano, pero se encontraba demasiado débil como para relacionar una cosa con otra. Un olor nuevo lle¬nó sus narices; por sus espaldas sentía correr un frío húme¬do: estaba completamente empapado como en agua sala¬da. Cuando abrió los ojos, comprendió que se encontraba en la cima del mar, que corría debajo de él en colinas de pla¬ta. Se encontraba echado sobre un montón de pescado, mirando fijamente unas anchas espaldas, envueltas en un jersey azul.
-Todo ha acabado para mí -pensó el muchacho-; estoy muerto, y este es el encargado de llevarme.
Suspiró y la figura volvió la cabeza, mostrando un par de pequeños anillos de oro, semiocultos por un crespo pelo negro.
-¡Ah! ¿Te encuentras mejor ahora? -dijo-. Sigue así, echado, flotamos mejor de esa manera.
Con un movimiento rápido de los remos llevó el bote a un mar sin espuma, donde se elevó hasta una altura de más de cinco metros, sólo para caer en un profundo pozo vidrioso. Pero esas hazañas de alpinismo no interrumpieron la charla de la figura del jersey azul.
-Menos mal que te he pescado. ¡Eh! ¿Qué? Aunque mucho mejor que tu barco no me pescara a mí. ¿Cómo te caíste?
-Estaba enfermo -dijo Harvey- y no pude evitarlo.
-Hice sonar mi cuerno justo a tiempo. Tu barco giró un poco. Entonces te vi caer. ¡Eh! ¿Qué? Creí que la héli¬ce iba a hacerte pedazos, pero flotaste, flotabas hacia mí. Te pesqué como a un gran pez. Por esta vez, no te toca morir.
-¿Dónde estoy? -dijo Harvey, que no podía com¬prender que se hubiera salvado, mientras permanecía en la embarcación.
-Estás conmigo en un bote. Me llamo Manuel. Soy del velero We’re Here, de Gloucester. Vivo en Gloucester. Pronto nos darán de comer. ¡Eh! ¿Qué?
Parecía tener dos pares de manos y una cabeza de hie¬rro fundido, pues no contento con soplar por una caracola, lo hacía de pie, mientras gobernaba el bote al mismo tiempo, y lanzaba un sonido terrible a través de la niebla. Harvey no pudo recordar ya que estaba echado, aterrorizado por los jirones de niebla. Le pareció oír un cañón, un cuerno y gritos. Algo más grande que el bote, pero que parecía tener la misma vivacidad de movimientos, se colocó al lado de ellos. Varias voces hablaron al mismo tiempo: le dejaron caer en un agujero oscuro, donde unos hombres vestidos con impermeables le dieron a beber algo caliente, le desnu¬daron y le acostaron. En seguida se quedó dormido.

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