Día del Árbol y un poema de Antonio Machado

En casa se habló bastante del día del Árbol, mi niña estubo haciendo trabajos sobre el tema para la escuela e hizo carteles para los negocios con un mensaje y un pedido muy simple:
” Los árboles son el pulmón del mundo, si desaparecen el mundo no podrá respirar ” “Plantemos un árbol”

La conciencia de los chicos sobre el medioambiente me maravilla, me enseña y me alegra, ojalá que de a poco y con esta nueva generación podamos cambiar al menos algo, alguito, para alargarle la vida a nuestro querido planeta…

bosque

Buscando cosas sobre el tema me encontré con este hermoso poema de Antono Machado, se los regalo:

POEMA DEL ÁRBOL

Árbol, buen árbol, que tras la borrasca
te erguiste en desnudez y desaliento,
sobre una gran alfombra de hojarasca
que removía indiferente el viento…

Hoy he visto en tus ramas la primera
hoja verde, mojada de rocío,
como un regalo de la primavera,
buen árbol del estío.

Y en esa verde punta
que está brotando en ti de no sé dónde,
hay algo que en silencio me pregunta
o silenciosamente me responde.

Sí, buen árbol; ya he visto como truecas
el fango en flor, y sé lo que me dices;
ya sé que con tus propias hojas secas
se han nutrido de nuevo tus raíces.

Y así también un día,
este amor que murió calladamente,
renacerá de mi melancolía
en otro amor, igual y diferente.

No; tu augurio risueño,
tu instinto vegetal no se equivoca:
Soñaré en otra almohada el mismo sueño,
y daré el mismo beso en otra boca.

Y, en cordial semejanza,
buen árbol, quizá pronto te recuerde,
cuando brote en mi vida una esperanza
que se parezca un poco a tu hoja verde…

Antonio Machado

101 comentarios en “Día del Árbol y un poema de Antonio Machado

  1. Ojalá sea como dices, ojalá se tome conciencia real de la importancia de cuidar el árbol, de prevenirlo de incendios…
    ojalá las generaciones venideras tengan siempre la posibilidad de sentir al árbol con Machado… :)

    Un abrazo!

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  2. Más allá del día del árbol que me parece super importante me gustó muchísimo muchísimo el poema… ;)
    Gracias por compartirlo y la imagen genial…
    besitos

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  3. podrian poner otras poesias del arbol y tambien quiero desirles que la poesia es muy bella y los que quieren mandarme otras poesias para el dia del arbol escribanme a:estrellitalinda9@yahoo.es. chaoooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo.

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  4. Hola:
    me encanto el poema sobre el arbol
    yo opino que esta muy bueno
    a mi me tranquilisa leer poemas y todos esas cosas
    yo tambien ago piropos lindos soy como un chico poeta :P
    jeje bueno si quieren aqui les dejo 2 de mis piropos inventados:

    #1 : De tu boca quiero el beso, de tus manos la caricia, de tus ojos la mirada, eres toda una delicia.

    #2 : Me gustaría ser tu sombra para seguirte todo el día, y cuando el sol se apague morir con alegría.

    bueno esos 2 son uno de los muchos otros piropos que se me ocurrieron espero que les aya gustado aunquesea un poquito xD
    para que sepan tengo 15 años bueno eso era todo gracias…

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  5. holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
    queeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee
    tallllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllll
    estannnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn
    me gustaron mucho su s poemas

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  6. hola…dia del arbol ..quiero q no pase nada a los arbolesss…..nos dan vida y oxgeno a los humanos…cuiden a los arbolesss les pedimoss nmos dan sombra a nosostrosss…

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  7. POEMA EL ARBOL (publicado agosto 2007)
    No es de Machado, de JOSE ANGEL BUESA. Éste evoca un verso de Machado “la gracia de tu rama verdecida”, de ahí puede venir la confusión.

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  8. GRACIAS POR EL POEMA ME SIRVIO PARA TAREA DE UN SOBRINO
    “MUUUUUUUUUUUCHIIIIIIIIISIIIIIIMAAAAS GRAAAAAAAACIIIIIIIASSSSSSSSSSSSSS”

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  9. este poema lo escribieron para un aebol que les da la bida entera y su corason muy lindo lo boi a escribir para la escuela chau

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  10. Manifiesto del árbol que sueña ser poema.

    Donde hay vida hay árboles. Donde hay hombres hay pensamiento. No se puede pensar sin lenguaje.. El árbol del lenguaje tiende sus bifurcaciones por toda la tierra. Es el árbol que nos habita. En este planeta donde constantemente “La tierra va a dar a luz un árbol”.

    Esa lluvia de sombra permanente, siempre de pie, exponiendo todos los secretos de su contextura, que guarda la memoria secreta del árbol iniciático del primitivo huerto. Punto de partida del perdido edén que antecedió la propiedad privada sobre los territorios comunitarios en que se alimentaron las primeras tribus de la tierra. Paraíso primigenio, originario bosque de ensueño donde los manzanos brindaban la sabiduría de sus frutos.

    Asciende el encumbrado aroma del eucalipto, se alza el suave soplo de sus menudas hojas, como el pájaro ansioso de suelo, desciende del cielo. En el momento en que replegamos nuestras alas en el horizonte de nuestro anhelo por descifrar lo que se oculta debajo de las hojas o en el curioso resplandor de la incendiada saeta. En el misterioso rumor que circunda el fuego hicimos nuestro primer descenso al breve levitar de la palabra que salto del sueño.

    En el sueño del árbol
    La sombra se extrémese
    Con el tierno sacudimiento de las hojas.
    El día que el primer brote de árbol
    Toma impulso y emerge de la tierra.

    Rompe el almendro su semilla
    Del viento enamorada
    A donde retorna luego del primer sacudimiento
    En que sacia la sed de su deseo.

    En el primer aliento
    Cuando da inicio
    Al movimiento inicial
    De sus innumerables alas
    Tendidas como labios propicios
    Al rose de los labios del viento.
    Porque también los sueños tienen alas
    Con que ascender en su quietud.
    En esa inmovilidad aparente
    En que cantan los arboles.

    Desde el secreto de su savia
    Desde la quietud colectiva
    Del que se queda y del que se van.

    Ya se van
    Se van despidiendo
    Porque la ciudad y sus bestias
    Lo primero que hacen
    Al dominar e intervenir la naturaleza
    Es devastar los bosques
    Para saciar su miserable sed de ganancias
    Su angurriosa codicia
    De tierra desangrada

    Es entonces, cuando el árbol como el verdadero primer eje de la ensoñación, que entrelaza en sus brazos la dinámica imagen de los sueños, en que nos sentimos elevados por la voluntad de una fina rama, se encuentran en la fuerza vital y muda que asciende entre las profundidades de la corteza del naranjo para descender luego jugosa por nuestro cuerpo recién levantado de su horizontalidad levitante. Ingerir esa vida “fuerte y muda que reina bajo la corteza” vegetal del bello tronco retorcido nos recupera del desgaste que sufre nuestra vitalidad por la fuerza que huye en el sudor por su ansiedad de suelo. Nos recuerda que fuimos arboles antes de ser pájaros descendidos. Caídos del vientre de las aguas, que nos acunaron en su tibieza, a la fría y tosca realidad del reino de las mercancías. En el retorcido tronco del olivo, en la conmovedora redondez de la aceituna, en el aurífero aceite extraído de la tierra por el trabajo conjunto del hombre y el árbol. El primitivo huerto y el plantado. El fruto recolectado por el nómada que se refugia en la caverna o pernocta en la intemperie bajo el techo del árbol. El bosque plantado por el trabajo y el sudor sobre la tierra callada de quien levantó los olivos.

    Eje de vida dinámica que se levanta hasta el cielo. Imagen vertical de fuerte ascensión simbólica, de encumbrado dinamismo epifaníco de la ensoñación.

    Fuerza evidente del árbol del pan que eleva al firmamento el vigor oculto de la tierra.

    Yérguete como yo le canta el árbol al poeta cuando le permite ver su fruto más elevado mientras dormita en el tejido frágil y sensible de una de sus hojas gigantes.

    Ya el poeta ha podido constatar en su vigilia que en el fino y sensible tejido de cada hoja se oculta el placer de las caricias solares, en las armónicas fotosíntesis de cada día de trabajo que nos concede la naturaleza.

    Trabajo milagroso y sagrado que unos cuantos malgastan y despilfarran en sus acumulaciones absurdas de los productos que generan las fuerzas productivas en cada momento del desarrollo de la historia humana. Destrozar, demoler, arrasar el vegetal verdor de los campos que la arcaica naturaleza ha venido pintando de este verde de todos los colores en que el poeta reconoce la dimensión de su fuerza expresiva.

    Todo el deseo serenado bajo las noches sin luna, rociado por la salpicadura de estrellas que incitan su búsqueda constante de nutrientes, el recabar incontenible de sus raíces, la búsqueda de la luz en las hojas. En sus millones de ojos que respiran para entregar al aire el limpio oxigeno que el poeta respira en su cósmico lenguaje.

    Ese punto de apoyo que busca el árbol en el aire y en la profundidad alimenticia de sus raíces lo convierte en eje universal de lo subterráneo y lo aéreo, lo eminentemente sublime de su sumergimiento en la oscuridad terrena, al tiempo que se eleva sobrehumanamente como si un gigantesco pájaro volara sin desprenderse en su firmeza vertical del suelo. Pues la tierra y el cielo son siempre la dirección de su camino que anda. La estatura del encumbrado árbol constituye la dimensión (condición) esencial de su universo aéreo, su constante búsqueda de equilibrio entre las fuerzas contradictorias de su dinámica dialéctica hecha canto.

    El aleteo de sus ramas entrelazadas por el viento que entretiene su rumbo y no permiten que su fuerza crezca huracanada y penetre tierra adentro con su ciclónico aliento de gigante reptil encrespado que azaroso devora lo que encuentra a su paso.

    Árbol y viento
    Hermanos en la pradera y la empinada montaña
    Aliento comprimido de la tierra
    Sangre terrena que no puede elevarse sin su tronco
    ni descender en armonía sin sus ramas
    Que adorna en floración los valles y montañas.
    Que asombra en la semilla que lo guarda,
    En el fruto en el que todos retornamos a la vida
    Alimento y respiro de nuestro viaje,
    De nuestro peregrinaje por esta superficie
    Que alumbra el fuego que no cesa.

    El recio pino o la áspera higuera,
    La simétrica araucaria o el sauce llorón,
    El gualanday, el olmo o el poeta
    El soñador mandarino entrepiernado
    En la soledad de su tejedora iluminada.
    Siempre buscando incesante
    La luz ascensional
    Ante la imposibilidad de sostenerse
    Sobre dos alas como el pájaro
    Que fue antes de ser hombre.

    Por ello su asombro natural
    Ante el manzano
    Que prefiere sacrificar su alegre equilibrio
    Y quebrar sus ramas cargadas de bellos frutos
    Por amor a los hombres.

    De la misma manera el rumor del viento cuando acaricia las altas agujas del pino, pareciendo ignorar la aguda vida subterránea de sus raíces, nos da su lección, cuando el pesado tronco se deja vencer y la tierra aplaude la osadía del viento, en estas tierras tropicales del samán y el comino, del mango andino y el silvestre mamoncillo del parque. Lejos está el ciruelo del alerce, pero en los dos la poderosa savia canta su victoria cuando asciende al copo. Cuarenta años de incontables frutos lleva de pie el incansable carambolo del patio sin dejarse tocar por la tristeza. Cuatro milenios lleva guardando en su tronco la memoria del clima para que el poeta certifique su cántaro de tiempo que antecede a la muerte.

    El poeta sentado bajo las estrellas escucha ensimismado la elocuencia del árbol. Piensa en un mundo donde los parques públicos estén plantados de árboles frutales. Un mundo donde nuestros hermanos frutezcan en todos los caminos.
    En ese lenguaje exquisito que se alimenta de la misma savia de los arboles, renuncia a los atributos de la ira que se manifiesta en enfurecidos volcanes que barren poblaciones enteras, porque prefiere la justicia de los frutos.

    Mito y metáfora son el fruto del lenguaje. El árbol es su símbolo más distinguido. El que nos permite alcanzar las más encumbradas alturas. La tierra labra el árbol con silenciosa paciencia. El lenguaje con sus translucidas manos labra, en la penumbra de su transparencia, el tejido de las hojas y los frutos de cada árbol del pensamiento. Soñar que se es un árbol y que los otros árboles son un bosque de espejos en la quietud del sueño. Mirarse horrorizado en aquel infinito laberinto. Ser un árbol que sueña y se mira en el espejo de su sombra. Ser el demiurgo de un árbol que al mirarse en el reflejo de los otros profiere su dictamen. Nombrarse como olmo. Bautizar de nuevo todas las cosas que conforman el mundo para que un árbol no sea simplemente un trozo de madera, un lote de palos que se derriban para hacer de ellos materia prima o mercancía.

    Pero en un árbol no es admisible la invención de pesadillas. En ellos no está el presentimiento de la maldad criminal de los hacedores de tiranos que ocultan su rostro tras un nombre de multinacional.

    Hemos incorporado el árbol entre el universo de los sueños y lo hemos dotado de lenguaje que nombra ciencias y disciplinas, fantasmas y seres invisibles, como el viento que espanta sus hojas desgarradas de las ramas, porque consideramos el árbol como lo más cercano al hombre entre las cosas que conforman la naturaleza. El alto caracolí que espera al hombre con su acogedora sombra. La ceiba que lo guarda en su memoria. El chiminango que lo acoge en sus meditaciones. El písamo que regenera la tierra de cultivo con su follaje. El matarratón que nos aleja de la fiebre loca. El robusto porte del olmo y el ciprés, sempiterno enamorado de la luna. El fino acero del roble y el urapán rimando con guayacán, bordeando el pie de la empinada montaña que acoge en su seno la nevada cima del yurumo blanco.

    Donde el blanco aliento exhala nubes, que el viento empuja al espantar la bruma, su rumor deja la huella en el yarumo. El poeta va atado al lenguaje como “un pájaro al cielo, como una flecha en el árbol que crece” (Huidobro)

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  11. Donde hay hombres hay pensamiento. No se puede pensar sin lenguaje.. El árbol del lenguaje tiende sus bifurcaciones por toda la tierra. Es el árbol que nos habita. En este planeta donde constantemente “La tierra va a dar a luz un árbol”.

    El árbol del lenguaje habita todos los lugares de la tierra, pero como visión evidente de lo tangible no se hace presente en ninguno. Por ello para el poeta se hace irrebatible que “La tierra acaba de alumbrar un árbol”.(Huidobro).
    Inventar paso a paso el lenguaje ha sido labor constante y silenciosa de la mano y el cerebro, de la laboriosidad material del cuerpo y el pensamiento que lo dirige a través de palabras que designan una geometría en las miradas y argumentos afectivos cargados de intuición, de lógicas transparencias que sacuden el cuerpo de los árboles y hasta los derriban antes de que pase la lluvia rauda y tempestuosa. “Hay palabras que tienen sombra de árbol” (Huidobro) El árbol, ese hermano que vive en la intemperie y disfruta del frio, de la lluvia, del sol mañanero que se tiende en sus ramas, de las estrelladas noches y el silencio de los campos. Como la amada ceiba, a quien deberíamos escribir un himno y cantárselo cada día en que visitamos su sombra. En vez de una poética del árbol deberíamos dirigirle un manifiesto que nos asegure su permanencia mientras persista la vida sobre la tierra.
    Amada ceiba, eres la única verdad solida que reconozco en este sueño de arboles.
    Árbol mágico que no permite a mi ser evadirse en medio de la tormenta de vacías voces, y convocas en secreto a la danza que promueve el rumor de tus ramas. Abrazado a tu tronco del delicado color del encanto, mientras me quedo atado a tu recuerdo niño, observo el centro de tu arquitectura de maloca.
    En la cercanía plástica de tu verde conflagración que estira su contorno.
    Verdad tangible de tu objeto esculpido como la arquitectura del aire que pasa bajo la serenidad de las nubes que envuelven tu atmosfera brumosa.
    Por ello mi cuerpo se entrega hoy como alimento para tus nuevas formas que se celebran cada día.
    Que se revelan ante cada suspiro con que el viento acaricia tus plateadas melenas.
    Desde lo profundo de tu vientre, desde la oscura entraña de tus tejidos, desde la sangre que envuelve los meandros de tu encumbrado cuerpo, desde el aire que circula entre tus betas, me sumo al cosmos infinito en que encarnan tus raíces históricas, a la alegría que emanan tus ojos, a la dulzura que resplandece en tus hojas.

    Quiero ser, o ya soy alimento del dulce mandarino o el fresco matarratón, pues vuestro recuerdo es la forma estática de vida más elevada.
    Por tu tronco no cruza la fugacidad del tiempo, sino el profundo suspiro de tu eterna savia.
    Refugio de fantasmas son las sinuosidades que se dibujan en tus ramas. Por ello no te puedo cantar, ni contar en el escrutinio de este canto contra los seres deshabitados, aunque seas mi hermano de locuras dibujadas y en mí habite este vacío que causan las ausencias, sin hacerte mi habitante permanente.
    Por ello mis ojos no te ven como el objeto simple que hace parte del paisaje.
    Porque emerges como un milagro de las profundidades del tiempo que rota en nuestro pensamiento.
    Porque en ti habita el olvido y la memoria, que están hechos de la misma materia firme y suave de los besos que aceleran el recorrido abismal de nuestro deseo.
    Es por ello que en torno a un samán se puede tejer la identidad de un pueblo. A la sombra de un samán se dibuja el trazado de sus calles.
    De otro lado lluvia de hojas anuncian la presencia del árbol. La sombra dibuja su forma floreciente. Los pájaros habitan en sus ramas tendidas. Su olor a verde tiende su mirada en mi olfato. Su pináculo (copo) nos comunica con el infinito de donde vemos venir la lluvia que acaricia su follaje enternecido.
    En cada pliegue de su rostro de árbol en que nos detenemos, mientras las sombras devoran el crepúsculo, desciframos los temblorosos enigmas de la existencia que nos antecede, en las antiguas horas. Su semblante emerge multiplicado en cada hoja, en cada gota de invisible sabia que nos convoca, que nos ata a su raíz de tierra de donde emerge el esplendor que aspiro, originado en este canto.
    Hay en sus hojas una lágrima dibujada, lagrima de savia silenciosa. Todos los pájaros han decidido quedarse esta noche a dormir en su sonrisa, a disfrutar la caricia de sus parpados. También la sonrisa de Tania se ha quedado a dormir en sus vigorosos brazos encarnados de auroras. Esa sonrisa sugerida por los trazos de calidez que le ofreció la vida.
    “la mujer es la tierra y el hombre es el viento” dice un hombre de patio, un hermano de árbol que respira el verano, un patiero viejo que asegura haber deambulado mucho y que sigue haciéndolo, desde el mundo de las sombras, “en torno a esos árboles frutales, oyendo el sonido del tiempo entre sus ramajes”. (Rojas Herazo).

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  12. No soy un patriarca, mucho menos un patriota, yo nací en un patio del mundo. No tengo nacionalidad. Mi país está en las entrañas de la tierra. Soy de un patio, un viejo patio. Voy deambulando como un sonámbulo entre los árboles que me prestan su aliento y me ofrecen su alimento. En mi peregrina herencia he visto derrumbar muchos árboles. Como el primer nómada de la tierra sigo buscándome entre el bosque, entre floridos arrayanes, cambulos y gualandayes.

    No sabemos las penas del sauce llorón, como no sabemos “qué piensan los chiminangos que meditan a orillas de los remansos”, pero sabemos el sentido en que camina el viento por la danza del árbol. Aunque un ser estático como el árbol podría no danzar, por estar atado a su raíz que le impide cualquier desplazamiento, su danza sucede como un íntimo acto de amor, pues el viento en medio de su danza acaricia su ramaje y siente su quietud aparente de tronco como una aceptación de su aliento venido de muy lejos. El viento siente que no hay nada más plácido y musical que las manos del árbol. Su silbo entre las hojas se convierte en un cosquilleo placentero al oído del árbol que retuerce sus ramas entre risa y encanto. No hay escultura viva más duradera que la naturaleza del árbol, ni talla más sincera que la que brota del amor entre el madero y el trabajador que lo talla y esculpe en él su pensar y su ser.
    El sentido y el sonido del árbol nos dan razón de lo que no podemos ver. De esa forma y sentido que guarda el árbol esculpido por hombre y naturaleza en su expresión estética y el dulce sonido de la música que mata o revive la congoja, que despierta la añoranza del árbol y la evocación del hombre que escucha su entrañable savia extraída por el árbol desde lo más profundo de la tierra. Su sentido y su sonido nos dan razón de lo tangible y lo intangible, del suave arrollo en su murmullo, del manso delirio musical que brota del madero y de la hoja que no logrando contener el aliento se desprende suave y lentamente como si escribiera en el aire la partitura que anuncia su partida. De esta manera el árbol nos transmite, nos da razón de lo que no podemos ver, ni escuchar directamente, de ese misterio intangible de la naturaleza, de ese misterio de la materia que acaricia la tierra por todos los lugares de su cuerpo, como el pensamiento de Borges los hiciera con la filosofía como materia prima de su poesía.
    Viento y rio siempre van en compañía del árbol. El árbol lleva en sus entrañas su propio afluente. De ello dependen sus sonoros lamentos o su incomparable manera de reír ante la luminosa lámpara que ilumina el entorno de la tierra. Del rio y el viento que cruzan por su cuerpo se desprenden sus cosquilleantes susurros o su libre declamación de cántaro aguas abajo.
    Las emociones y ritmos del árbol, su siempre original poder de evocación. Basta con un obstáculo que le impida estirar una de sus ramas o mover a su gusto una de sus raíces, y ya el sentido de su tronco abra perdido algo para siempre en el sentido de su natural jurisprudencia libertaria.
    No debemos ignorar que en toda mirada el árbol pierde algo esencial, porque como en el poema, cada lector le roba algo de su sentido para sí. Todos sabemos que por perfecto que sea el árbol como creación de la naturaleza, como milagro que cantara el poeta cuando pidió silencio. silencio, la tierra va a parir un árbol. Cuando nos recuerdan que los hombres hace siglos vivimos de los árboles y necesitamos siempre de ellos no podemos de ninguna manera negar nuestra hermandad con todos los seres de la naturaleza que dependen de su existencia, como sucede con el agua sin la cual no podríamos vivir.

    Entre las cosas que conforman la naturaleza, lo más cercano al hombre es el árbol que lo espera siempre con su acogedora sombra.
    Li Po escribió sus mejores versos a la sombra de los cerezos en flor, Fernando su Jai ku debajo de una ceiba enamorada.
    “¿De qué árbol en flor? No sé, ¡pero qué perfume!”( Matsuo Basho) no podía vivir sino al lado de sus hermanos de la intemperie, de sus olmos en flor.
    ¿Quién canta mejor la primavera que el árbol?

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  13. Si no existieran los arboles la sensibilidad humana estaría confinada en el horizonte de su imaginación y no abríamos llegado a esta época de sueños arbolados y modos de vivir compartidos en los parques bajo sus ramas protectoras, no habríamos llegado a estas emociones y anhelos que son comunes a toda humanidad. Las hojas del árbol son como esas infinitas cosas, tejidos que se pierden sin remedio en sus colores, en sus distintos tonos de verde, verde de indivisibles matices. Cuanta felicidad podemos encontrar en torno a un conglomerado de hojas, organismos que festejan su agosto. Cuantas cosas suceden bajo el árbol y encima de sus hojas. POR ENCIMA DE LA SOMBRA EL ARBOL, POR ENCIMA DEL ARBOL SOLO LAS NUBES. Aconteceres que no habíamos pensado, imaginado ni sentido y que nos llegan escritas en el lenguaje de las hojas que en últimas son la esencia del árbol en el tejido de cada una.
    Las hojas nos cuentan en su arquitectura los secretos del árbol y las semillas guardan con esmero su historia y nos hacen sentir cuan enorme es todo aquello que no alcanzamos a percibir en el árbol por no conocer a fondo su lenguaje. Cuanta belleza permanece inaccesible para los humanos en las formas ocultas del árbol.

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  14. El más alto árbol, el primero de los arboles de todos los tiempos, cuando el poeta anduvo entre flores zapotecas y “dulce era la luz como un venado y era la sombra como un parpado verde” (Neruda, Canto general)
    Por el camino de los sauces desciende el fundador, y en torno a un Samán funda una villa. Ya en las hondonadas de otra cordillera habían fundado un pueblo en torno a una ceiba gigante y la ceiba aun con sus heridas hoy guarda su memoria de aquellos tiempos.
    Sin ti sauce llorón no es posible la danza del viento, que aunque te enloquece con sus emociones, no dejas de parecer triste. Al fin de cuentas sabes que hasta el viento es algo que nos pasa y se aleja. Tal vez lloras por ese borracho que te arrodilla a su voluntad, ante el agitas tus copos y meses tus brazos como si el arrullo fuese concertado. Como me encantan tus delirios sauce llorón, como me duelen tus tristezas de árbol. Luego el viento se retira a otros lugares. Busca otros bosques, ama a otros árboles, se lanza contra otros riscos, habita otras profundidades, se lanza a otros abismos y camina despacio por otros valles, mientras en tus ramas se queda el recuerdo mirando como el pájaro teje su nido en la rama, como el canto se vierte hacia el aire. Entonces vuelve la ansiedad a florecer en tus lágrimas, de hechizos se llenan tus hojas. Lanza tus suspiros, tus mudos clamores y el eco es la roca que tampoco canta. Al llegar la lluvia como alegre sabia de alocados trinos y de alegre capa en tu seno se hamaca a alimentar tu savia.

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  15. En este viaje poético por el cuerpo del árbol, por la existencia inexistente de la memoria del árbol. Por el sueño del árbol que se configura, se multiplica en la semilla, se expande y se vuelve espejo de si mismo, laberinto de espejos en un sueño de árbol que se encuentra con su origen y halla su hermandad en el hombre y su lenguaje como posibilidad creadora.
    Gran misterio guarda la intimidad del árbol
    Que canta a la tierra una tarde de lluvia
    Frente a una puerta, al final de un camino.
    Pagaba con sus frutos a la madre tierra
    Que alimenta a los hombres y a las bestias
    Que nutre a los pájaros y da de beber a las mariposas
    En su girar eterno de luces y de sombras
    Nunca acepto su efímera existencia,
    Nunca acepto detener su ascenso
    Pues seguía elevando sus ramas hacia el cielo
    Y sus raíces empujando hacia el núcleo de la tierra.
    Bajo su sombra sufrimos o gozamos nuestras breves horas.
    En su apariencia indiferente y muda la entraña de la tierra
    Prodiga diariamente su porción de savia.
    Cuando los hombres sufren sus brazos también lloran.
    Cómo ignorar el milagroso secreto que entraña cada especie.
    ¿Por qué retardas las auroras?
    ¿Por qué las noches se yerguen bajo tu abrigo mucho más negras y arriesgadas?
    Las sombras erigen alas bajo tus tendidos brazos.
    Tu rostro se dibuja en las frías aguas del estanque
    ante la misteriosa mirada de la luna.
    Somos la conciencia lívida del árbol,
    El aliento extraño de sus quejidos en lo elevado de la noche,
    Mucho antes del concierto auroral de los pájaros.
    Insectos que se miran en el rocío de sus hojas como en inciertos espejos.
    ¿Quiénes somos sin tu presencia poética? ¿A dónde vamos sin tu recuerdo de palabras rumorosas?
    ¿Por qué venimos justo a tu regazo? ¿Acaso conoces el destino de los hombres más allá de la muerte?
    ¿Qué crece en la intimidad de tu existencia, sino el ciego designio de la ausencia de sentimientos?
    Eres el oasis buscado después de estos desiertos donde habitan los sordos a tu canto.
    ¿Por qué no nacemos con un árbol? ¿Por qué no nos nace un árbol como tumba?
    El árbol lanza sus preguntas a la tierra. La tierra guarda su recóndito silencio.
    Nada contesta al árbol que pregunta.
    ¿Por qué no damos constantemente una respuesta de vida a cada árbol?
    ¿Por qué no convertimos cada semilla, cada fruto consumido en la matriz que da a luz un árbol; para que así digamos siempre con el poeta, ¡silencio la tierra va a parir un árbol!?
    ¿Qué tanto nos cuesta llenar cada una de nuestras vidas de frutos, de poemas, de semillas y de arboles?
    En torno a estos y otros árboles frutales, voy oyendo tu canto entre el sonido del tiempo que crece en sus tupidos ramajes.
    Me estremezco en el fondo del árbol
    En la reminiscencia evoco el árbol de saudades eternas.
    Bajo este árbol de profundos recuerdos
    Espero el milagro alegre de la dorada naranja.
    El recuerdo intenta huir y lo ato a su tronco de árbol,
    A su arboladura de antiguo guamo sobre los viejos cafetales, plantados con semillas de etiopia, entre el maíz y el bejuco de batata.
    Este recuerdo de marfil, esta memoria vegetal adherida al mármol,
    tallada como un antiguo sello de tiempos idos.
    Voy recorriendo estos árboles antes de morir entre ellos,
    Como uno de ellos que sale en puntillas y mide cada paso, cada encumbramiento,
    Cuidando su sombra y su sonido.
    Hasta quedar convertido en el recuerdo de una sombra sin sonido.
    El árbol de tu nombre, el de los cadáveres colgados de sus ramas secas. El de los mayas. El del conocimiento. El del odio. El de tus ojos henchidos. El de la memoria. Me recalo en tu sombra. El que recarga su gordísima sombra del árbol cargado de peces. Los taladores no practican la poesía sino la egosia. La ceiba de la espada y la cruz. El almendro, el árbol de Aureliano. El de Rojas Herazo. El hombre árbol. El del ahorcado. El limonero de Lorca.
    Los adversarios de la sabiduría del árbol. Todo tu cuerpo de árbol parece erguido sobre la igualdad. Tu verticalidad parece un juego de equilibrio entre la abertura de su ramaje y la profundidad de sus raíces. Pero no. El principio esencial de tu existencia descansa en el dominio de tu ley, que es la contradicción, la lucha constante entre tus partes. La ley que se manifiesta constantemente en todos los alrededores de tu existencia y a la cual los seres pensantes no podemos escapar.
    ¿Por qué no convertir el campo de sepulcros en un bosque de mandarinos en flor?
    ¿Por qué no comernos a la amada en un rico jugo de tamarindo? ¿Por qué ocultamos, respetamos y honramos a los arboles de familias ilustres, pero al matarratón, al mango y al ciruelo no? ¿Por qué nada decimos del sagrado árbol del pan? ¿Por qué no pronunciamos la condición de paria que en la ciudad tiene el mandarino?
    Yo declaro asesino de arboles a todo el que usa el hacha para cortar su vida. Declaro arboricida y criminal al que hace uso de la motocierrra para derribar cualquier especie nativa de los que han sido nuestros bosques tropicales. Rechazo al que usa el filo contra la vida de mi hermano domador permanente de su sombra. Ante ti me prosterno árbol de todo conocimiento, árbol del saber ante ti me postro mandarino para darte gracias por la dignidad de tus jugos, por el aurífero color de tu envoltura madura. Ante ti melocotonero. Ante ti levanto mi voz erótico arasá. Desaparecido madroño. Exótico carambolo de los patios cartagueños. Gracias grosello por la protuberancia de tus frutos. Gracias pomo por tus atléticas y sensuales miradas.

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  16. Veo como (tu )la nube haciende con tu presencia de árbol, como extiende sus brazos como sagradas alas. Su corazón está en cada hoja que se extiende por vez primera a besar otra hoja de un árbol hermano. Nos erguimos en el mundo soberano como el árbol joven cuando se abre al sol del amanecer y extendemos nuestros cortos brazos hacia el infinito tratando de abrazarnos a la ternura natural de sus brazos hermanados. Me sumerjo entonces en el mundo de las hojas y el rocío salpica sobre mi frente el cristal de la bruma que se aleja.
    Alcanzar el cielo con sus ramas, escalar por su tronco hasta la cima y tocar el cielo sostenido en la firmeza de sus raíces. Esta es quizá la más bella de todas las ilusiones con que la naturaleza favorece la debilidad de mi ser que sueña, que se sueña savia creadora. Como aquel chico de Ítalo Calvino en El barón Rampante
    Sagrado símbolo, evidencia de vida que asciende, pensamiento que se ramifica en su siclo cósmico. Universo de hojas que se despoja y se recubre. Es el árbol el que permite al hombre la metáfora de hurgar, hundir y profundizar las raíces del ser. Su tronco es el hermano de la superficie que se extiende en sus primeras ramas, en sus primeras respiraciones de árbol. Luego sigue expandiendo su aliento por el cuerpo en un lento y pausado ascenso de su ramaje superior. La cima más alta del árbol es atraída por la luz sin límites del firmamento con sus astros tutelares en sus lejanas alturas. En aquel aire lo acompañan aquellos otros seres que habitan las alturas. El reptil se arrastra sobre sus raíces, trepa por el vertical tronco a tomar la fruta de su mano de árbol. El ave se estremece con la presencia del reptil y pega vuelo a una rama más alejada. Mientras el pájaro vuela entre su ramaje, el agua circula como savia para que la tierra se integre a su elemento y adquiera su dureza de arcilla cocida. El aire penetra por sus ramas y acude a alimentar sus hojas. Luego, en la naturaleza de la tormenta, el rayo alimenta su fuego y la llama se alimenta del árbol.
    Por las arterias del árbol, por las avenidas donde circula su savia, por sus profundidades intestinas, se va tejiendo el milagro de las vetas que adornaran la suave desnudez de la madera convertida en mesa con olor a árbol. Aun a pesar de aquel poeta que los llama “nudosos monstruos del bosque/ que aun para leños son rudos” el tejido vegetal que guarda el árbol en su vientre y las formas retorcidas y aparentemente deformes hacen parte del lenguaje poético del árbol que con más heridas que miembros hace calle en el marco del espejo después de haber habitado entre la vecindad de adelfas y pinos. Es entonces cuando el humilde marco del espejo lleva al que mira su imagen a preguntarse qué “piensan los chiminangos/ que meditan a orillas de los remansos. Y por qué si entre vetas de árbol somos engendrados y sobre maderos fuimos paridos, nos cuesta tanto reconocer la hermandad del árbol. Si también entre el desgarrado árbol iremos a la sepultura por qué no aprovechar y sembrar en el centro de nuestro cuerpo un mandarino para que el campo donde se entierran los cadáveres sea un alegre bosque de mandarinos y no nos lleven más a campos mustios sino al bosque de mandarinos en flor.
    Va entonces en esta poética toda la mirada sobre el árbol. Todo te diviniza lágrima de oro en florescencia. Tu entre los arboles umbrosos que susurran en las noches tu adorada presencia. Mientras la luna, atada a los bejucos, alimenta de ti su dorado velo, como divina compañía de los bosques nocturnos. Toda la alegría del cielo se vierte sobre el árbol. El sol regocijado se posa mañanero luciendo sus auríferas guirnaldas. Sobre el guayacán un golpe de amarillo cambia el entorno para ser exaltado por cuanto lo rodea.
    Ante la multitud de manos que se abren para recibir los primeros rayos esta aquel ser con todo, aquel al que la vida le brota de su entraña, símbolo del hombre que te ama y te venera: árbol del pan. Toda la naturaleza se pone a la altura de tu florecimiento, en la fuerza que se deposita en cada flor, en cada pételo que se aferra a la vida.
    Ningún vergel es falto de tus frutos y nada te iguala en hermosura árbol del pan. Tus divinas hojas van por el campo acompañando el viento, porque el aliento de la tierra encuentra en ellas su mejor escolta y pregonero, el que anuncia su paso con las mejores notas. Hoja gigante que con los más dulces susurros rasca la tierra. Todos los arboles de la tierra sabrán que soy tu amante oculto, parece decir el viento enamorado, tu tinieblo entre ramas acariciantes. Que eres el cuerpo que dignifica con su savia al árbol elevado, ese el fluido transportado por los tejidos de conducción de tu cuerpo de maciza apariencia. Liquido que se eleva por sus poros internos y que eleva al árbol. Fluido que reverdece al árbol y lo dignifica convirtiendo sus entrelazadas hojas y ramas en verde de todos los colores.
    Al árbol de los inicios que no ocupo terreno de ningún propietario por lo que nadie puede imaginar siquiera el derecho a nombrarse dueño de sus descendientes.
    Por tanto debemos aceptar que los frutos del árbol son de todos. Que nadie debe intentar ser dueño de los frutos del árbol del pan. Las panas son del árbol, como lo son sus flores y sus tendidas hojas. Por tanto nadie puede poner precio a tus semillas, que son el fruto de la tierra, como el agua que brota en cada instante del fresco manantial de tu boca, de tu raíz amado quiebrabarrigo, de las profundidades de tu tronco encumbrado higuerón. Eres la unidad, el punto de quiebre entre la tierra y el agua. Por ello las nubes besan tus altos ramajes para que tu copo reciba el rocío y la lluvia directamente de la nube para traerla al cuenco de nuestras manos de tu raíz.
    La estructura del árbol descansa sobre un fundamento sólido y crece hacia el aire a partir de raíces profundas y en apariencia invisibles a la ingenua observación de su cuerpo fuerte y frondoso desde la distancia.

    Oh, caracolí. Tú que coronas la sagrada cumbre de la montaña, tú que eres el lugar de reposo donde el medio día pierde su calor sofocante y el trueno su estruendoso latido ante el canto de tu follaje, solo ante ti puedo hundirme en el remoto pasado de los sueños creadores de mundo.
    Hermano que te alimentas de la tierra y el agua y mueves entre las nubes tu ramaje más tierno.
    Desde la ventana de aquel amanecer sigo evocando aquella aparición: entre las nubes emerge el ramaje de tu adorada sombra como un fantasma gigante que me mira entre las montañas andinas.

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  17. Tu amada ceiba, me lo has dicho en tu memoria, y lo harás por el amor que siempre guardas a los hombres que retornan al armónico árbol de la justicia, que permanecerás en mi tratando de ocultar la luna.

    Fuera del trópico el árbol cada año se despoja y se recubre de hojas. Hurga en las remotas profundidades de la tierra donde hunde sus raíces el tronco y sus primeras ramas la historia del hombre. El árbol es la primera escalera por donde el hombre intenta escalar las alturas para llegar al cielo. Todo no fue más que una ilusión que hoy es poesía. Antropología de un imaginario trayecto que tiende a buscar lo que se evapora, a recuperar en espacios de la luna lo que hemos perdido en la tierra.
    Sus ramas superiores convertidas en copo, en pináculo, en cima atraída por la luz del cielo. Altura que quieren alcanzar los reptiles que se mueven entre sus raíces y que solo alcanzan las aves que también vuelan van volando entre sus ramas mientras crecen las sombras devoradoras de crepúsculos. El árbol se constituye en relación entre el subsuelo y el infinito mar del aire, puesto que reúne todos los elementos que los filósofos presocráticos de tendencia naturalista nombraran como los fundamentales formadores del universo. El agua como savia se integra al tronco de su cuerpo formado de tierra y aire. Los sólidos, líquidos y gaseosos penetran todo su ser de árbol desde lo profundo de sus raíces al aire que alimenta sus hojas con la vitamina de los rayos del fuego que no cesa. Ese mismo fuego en miniatura que surge de su frotamiento desde los inicios del hombre, cuando Prometeo roba al olímpico la flamígera saeta. En medio de la tormenta el hombre rescata un tizón encendido para alumbrar las noches de sus primeros días. Son los fragmentos de árbol quienes alimentan la hoguera que ahuyenta la pesadilla de las cavernas.
    El ascenso del hombre desde su edad primera a la altura del árbol convierte a este hermano en símbolo intermedio entre la tierra y el cielo. Símbolo encarnado en el ascenso hacia una visión del mundo desde el vértice a su horizonte en la más amplia perspectiva. Lo que convierte al árbol en eje del mundo. Eje del molino que nos desharina, que nos vuelve polvo enamorado de nuestro origen.
    La mirada del cuervo, con su mirada oscura de poeta maldito, se asola en su ramaje. Al igual que todas las aves del cielo encuentra reposo en su ramaje. El poeta encuentra en su textura una especie de estado superior del ser, de su ser de poeta que ilumina de verde los campos. Para el poeta todo es vínculo en el tronco del árbol. El árbol se convierte en la manifestación individual de su espíritu universal que reposa sobre sí mismo. Sobre la rama que se balancea. Cuando el poeta levita esta en el árbol encarnando el pájaro. Por ello, para la mitopoesía, el palo, el falo y al pájaro son el mismo árbol del bien y del mal donde todo se origina desde la imaginación creadora que remonta su vuelo al ámbito de lo sobrenatural cuando no encuentra otra manera de llamar a la dicha y al sufrimiento, al placer que llama el deseo o al desastre que señala la culpa con sus dedo acusador.
    Entonces dice el poeta que
    Cuando la oscura noche se derrama por todos los rincones del campo (de la tierra) y aparece la luna bañando las montañas, el ramaje del árbol se yergue cual paloma que estira sus alas en vuelo sonriendo a la quieta gestualidad despeinada de cantos mañaneros. El poeta prefiere entonces ser incorporado al árbol y fundir su mirada con los materiales verdes, fundirse a su inmovilidad desamparada que se torna en solitario chamizo.

    Cuando me siento en un madero, en un fragmento de árbol, en el tronco caído y siento la intensidad de su aliento de arcanos eucaliptos, su aroma a la estatura del romero, consagro abiertamente mi corazón a la tierra grave y doliente. Levanto el árbol de mi mano abierta y leo en sus líneas el futuro del árbol. Paso entonces del taburete o la banca al árbol más cercano en esta noche sagrada de la tierra con su luna ausente, le prometo amarlo fielmente hasta la muerte y después de la muerte ser un autentico mandarino, un guácimo, un aguacate o un autentico naranjo ombligon.
    Sin temor a una pesada carga de fatalidad, prefiero ser una pesada carga de frutalidad en el inmenso zapote. Sin desprecio a sus enigmas de árbol edipico en Colona. Y así ligarme al árbol de Yocasta con su lazo mortal. Porque así el hombre es un árbol cuando sueña y es lenguaje cuando piensa. Ni la vieja roca muda palpita como el árbol cuando a sus antigüedades se refiere, pues un leño encendido de árbol fue la culpa que hallaron los dueños del Olimpo, contra uno de ellos, para atarlo eternamente a un peñasco. En el corazón del árbol dibuja eternamente cada pálpito y cuando muere su corazón, en betas grabado, dibuja el camino de su descenso a las profundidades y se queda en la tierra como un sello imborrable, como una huella porque ese es el destino del árbol. Cuando millones de árboles fueron sepultados por el mar hace millones de años empezó a tejerse la desgracia de un territorio cuya población se ubico encima de aquel inmenso cementerio de arboles añosos y recios. Hoy aquellos inmensos bosques, son un mar subterráneo de hulla que no benefician sino que trae miseria a los pobladores de tierras sometidas por seres que encarnan la atrocidad.
    Lleno de meritos esta el tronco del árbol que hace de esta tierra su morada, que recalca en él la poesía. El don de la belleza y de la profecía escrita en sus carbones cristalizados. En su cuerpo petrificado, en su huella de bosque mineralizado, extendida sobre la roca subterránea, en la entraña de la más septentrional de las penínsulas sudamericanas, la de la Guajira.
    Estar solo y sin árboles es como estar en los terrenos de la muerte. En el desierto de la soledad que anuncia El Cerrejón en medio siglo de miserias. Nada somos sin árboles, es su sombra lo que buscamos, lo que es fruto y reposo para nosotros, los que nos sabemos peregrinos de la tierra, es para los ciegos sedientos de ganancia tan solo una materia prima de sus mercancías, tan solo el alimento de su vehemencia descomunal y devoradora de vidas y de sueños. El combustible de su hoguera de infamias.
    El árbol diviniza con su magia los frutos que comparte con los hombres y los pájaros. En la divinidad del árbol creemos sólo los que somos arboles cuando soñamos. El árbol es peligro ante la tormenta, es el blanco donde el choque de nubes dispara el rayo. Pero también su cuerpo puede ser la salvación del rayo. Por ello no hay mayor inclinación humana que reconciliarse con el (rayo) árbol. Nada necesitamos tanto como el sagrado roble que me ayuda a celebrar y a agradecer al cielo por los dones de la tierra. Porque podemos crear muchas cosas, pero solo podemos salvar los frutos del mundo si sabemos proteger los bosques con todos los arboles y lo que a diario recibimos de ellos. Todo aquello que no nos está permitido hacer porque es la labor sagrada de la naturaleza.
    El árbol es lo que nos fue dado por la madre tierra sin que sepamos cómo, ni por qué. Se nos ha dado el árbol del pan con sus hojas de gigante y su encumbrado cuerpo. Podemos transformarlo todo. Podemos destruirlo todo, pero con ello también nos estamos destruyendo. Cuando sometemos o dominamos la morada del árbol, estamos cavando nuestra propia sepultura como seres vivos que pensamos y soñamos. El árbol de mis entrañas expandes sus alas para asombrar los sueños del poeta que dormita sobre la mecedora de fino roble. Los últimos hombres en el desierto, sin una sombra, sin oxigeno, sin donde ahogar su sed, sabrán que es padecer la intemperie de su ausencia. Sabrán lo que es la naturaleza sin las cosas fundamentales que la conforman. Cuando alguien corta un árbol altera el fluido del planeta. Cuando alguien interviene los arboles que conforman la cuenca del Amazonas, interviene todos los ríos de la tierra. No existe en la tierra un solo sitio que no esté conectado a todo el ecosistema que deriva del bosque amazónico. Por ello allí cada árbol nos enseña el profundo sentido de responsabilidad que debemos tener. Debemos detenernos a interpretar el mundo desde el equilibrio contradictorio del árbol, comprenderlo desde lo más profundo de su raíz hasta la más encumbrada altura de su copo. “un sauce de cristal/un copo de agua” un álamo blanco descrito por Octavio Paz en piedra de sol. Hasta LA RAMA más empinada que señala al cielo, que apunta a las alturas con el dedo corazón de su mano tendida al infinito.

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  18. Si comprendemos en el árbol el tremendo poder de creación y de transformación que nos enseña la naturaleza, todo lo que hemos logrado gracias a la lección del árbol con su paciencia infinita, emprenderíamos una renovación de los lazos con el árbol, del abrazo con el árbol, que fue el primero que nos tendió sus brazos en la edad primera del hombre sobre la tierra.
    Renovando nuestro primer abrazo con la madre tierra en su forma de árbol podríamos recuperar el origen y renovación constante de la cultura de nuestra especie fundada en la semilla del que sembró el primer árbol. Solo el abrazo sincero con el cuerpo y el espíritu del árbol, del inmóvil y mudo hermano que agita sus ramas cuando nos ve pero no dice nada, nos vuelvan a la unidad con la tierra, a la armonía con la naturaleza. Sólo con una renovada relación con el árbol lograremos dominar la soberbia y la codicia y construir un verdadero esplendor de la civilización futura.
    El árbol nos propone su guía de la misma manera que erige su propio mapa y su topografía. La topografía del árbol que traza sus propias leyes de comportamiento, la religión de su ramaje predica sus oraciones a la luz del crepúsculo, inventa cada día su propio lenguaje para saludar la aurora. Todo su comportamiento ante el sol y las nubes obedece a una cosmogonía propia. A su propia naturaleza de árbol.
    Antes del hombre empezara a masacrar a su hermano
    “el jacaranda elevaba espuma
    Hecha de resplandores transmarinos,
    La araucaria de lanzas erizadas
    Era la magnitud contra la nieve,
    El primordial árbol caoba
    Desde su copa destilaba sangre,
    Y al sur de los alerces,
    El árbol trueno, el árbol rojo,
    El árbol de la espina, el árbol madre,
    El ceibo bermellón, el árbol caucho,
    Eran volumen terrenal, sonido,
    Eran territoriales existencias”
    Neruda.
    Pero llegaron los muy civilizados, los de la destrucción a cuestas, los que siembran la muerte por quilómetros y ríen como hienas de sus descomunales crímenes. Llegaron a profanar las auroras del guanábano, a podrir con su aliento el verdor del mamoncillo, a llenar de sepulcros oxidados el verdor de los campos, a fatigar con la miseria de sus esputos la madre selva del yurumo blanco, a cubrir de desiertos su mar de las tristezas, en estas tierras donde el bosque era la vida y el hombre su habitante y buen hermano.

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  19. Por ello va mi canto en tu silencio del color del mundo
    En el llanto mudo de tus cicatrices.
    Caigo al imperio de tu memoriosa entraña
    Dulce materia en que mi mano deslizo
    Ya que no quiero ser sepultado entre tus ennegrecidas betas,
    Pues prefiero escuchar el melodioso crujir de tus raíces
    que se desperezan en la alta noche del poema,
    ser tu aroma que trepa por tu tronco hasta la copa
    en que los seres alado se alimentan de sus mejores frutos.

    Arboles envueltos en flores que cantan a la vida y sus desolaciones
    Cuando el jazmín de noche llama al aire aromado con su caricia de ángel
    En su aura de rosal imaginario,
    “en las riberas de la aurora”
    Cuando la niebla inicia su galope
    entre copa y copa hasta volverse muro
    entre montaña y montaña.
    Un nuevo aroma propagado llenaba,
    Por los intersticios de la tierra,
    Las respiraciones convertidas en sumos y fragancias.
    (Ver Neruda, Canto general pág. 11).

    Polen expandido entre los musgos
    Semillas que (se incendian) vuelan entre el vientre de los pájaros,
    Mientras la mariposa desliza su lengua en el pistilo del guayacán.
    Árbol que asciendes entre tus ramas férreas
    Apuntalado en sus raíces minerales,
    Árbol de larga geografía.
    Árbol sagrado del que fluye la palabra trino.
    El hombre vacía, bota del fondo del árbol lo que no contienen ninguna armonía, porque la música está en el fondo del odre sin entrañas, hay que vaciar el tronco del árbol, del cañuto, desnudarlo de su piel, de su vestido de árbol, para escuchar su limpia armonía, el ritmo de sus alas del recuerdo, la música que contienen sus cifradas raíces. Es necesario saber escuchar al árbol, cofre de las palabras y sonidos. Hay que saber reverenciar los sonidos del árbol. Su lenguaje aspira a que el guayacán sea hombre. Y la música de sus flores se convirtió en semilla de hombre. Y el guayacán se hizo hombre y habito entre los árboles. Y el hombre se hizo familiar entre el bosque. Y el guayacán busco a su primera sembradora y el viejo tronco se tendió al lado de la mujer para sembrar más semillas de árbol.
    Hermano del país de los alerces, donde los artificios del árbol, que enseño al hombre a navegar por todo el planeta, que hizo naves de su tronco, arrancan a la tierra toda su sabiduría.
    Es a partir del árbol que la mente humana da inicio al diseño de sus primeras herramientas y de sus más fantásticas imágenes del mundo. Sus formas ocultas desinhiben y dan forma en la mente imaginativa y en la mano del artesano a objetos inconcebibles que surgen de la observación del árbol a otra realidad y son dibujados en metales y en otros recursos plásticos y poéticos.
    El lenguaje de los árboles, su forma de sugerir, las formas secretas que guarda solo para seres intensamente sensibles, pues su forma de emerger en el arte no obedece a prodigios sino a su expresión de verde eternidad y tejido.
    La savia de los arboles recorre sus prodigios en cada forma de su tejido profundo, está llena de prodigios que reclama con empeño la mente humana. La habida imaginación busca constante mente en el árbol saciar su sed. De beber en el árbol el estimulo de nuevas formas en flores y semillas, en ramas y brazos, en las retorceduras de su tronco y raíces, en las hojas y sus tejidos, en sus texturas, sus betas, sus cartas de colores. Todas las formas están en la integridad del árbol. Los pueblos creen más en los milagros del árbol que en la ley de la causalidad imperativa de los transgénicos. En la semilla conservada por tradición, esta la seguridad que brinda el mango. Las comunidades que aprecian el árbol como a su propia vida, admiten con mayor certidumbre la fantástica forma del árbol y su sombra, que se arrastra a lo invisible que las verdades demostrables del racionalismo y la lógica impuesta por los sabios del positivismo y la pragmática de los laboratorios de transgénicos. Porque el árbol como el poeta teje su trama de prodigios de tal modo que no repugnan al entendimiento, la inteligencia o el pensamiento creador.
    Nos quedamos perplejos ante la escritura que dibujan en su distribución los brazos del árbol. Los hombres solo nos quedamos en los dos con que abrazamos, mientras el árbol abraza el aire y se deja acariciar por la neblina en la multiplicidad de sus extremidades superiores además de su tronco principal. Nos asombran las formas elementales del árbol. Presencia que a los demás parece obvia y carente de misterio. La forma de su raíz, los copos de la araucaria que tienen la belleza de las espadas según Borges. El silencio que guardan, tan cercano al tiempo que se escurre en el reloj de arena.
    Nada siniestro se esconde entre los arboles si antes no hemos dibujado su embrujo en nuestra imaginación. De la misma manera que los espejos, están atentos a cualquier movimiento que el viento les designe a cualquier hora del nocturno silencio, además de su autónomo dinamismo de aparente quietud y estatismo inmóvil. Quien siente horror ante el bosque endemoniado es porque ya ha a convertido cada árbol en un endriago terrorífico.

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  20. De la misma manera que los poetas sienten el horror de los espejos de agua cuando están presididos de la inmóvil sombra del árbol y la nube ¿cómo sentir pavor ante las formas del árbol sin antes haber fabricado en el laboratorio de los pensamientos algún ser que espía el rumor del tiempo en la quietud del firme y ancho tronco?
    Uno no entiende porque cuando el cuerpo descansa con la espalda ajustada a la redondez del árbol, el lenguaje recorre regiones donde resplandecen las flores de suave aroma y donde los muertos han dejado escritas tales maravillas que nadie los considera muertos. Claro que esto sólo sucede en ciertas regiones del árbol. Contagiar de este asombro la mágica historia del árbol, de su gramática de la fantasía, de su libro de historia de las cosas de la casa o de las cosas que se le van ocurriendo al árbol mientras lo vemos crecer entre sombras y olvidos. Porque si no nos olvidamos de mirarlo el olmo no crece. Si un árbol nos puede enseñar tanto de su intimidad individual cuánto no nos podrá enseñar un bosque que es como una biblioteca tropical y cuan sabios no seremos si podemos leer una selva como la del Amazonas.
    El árbol en su hábitat natural y el árbol plantado con intenciones de amistad perdurable puede proporcionar a nuestra vivencia un árbol tan fabuloso y tan nítido que bien podría decir un niño que con el árbol estamos inventando un universo paralelo que se va entretejiendo en nuestra imaginación.
    Ahora mismo vivimos en un bosque, en un pueblo de arboles y nos comunicamos con cada uno de estos pobladores a través de su aliento fresco y la escritura que desciframos en sus hojas. Por ello nos acercamos a los laberintos que traza su intimidad de savia en tránsito constante, al destino mismo de nuestro ser trazado en las betas internas del hermano árbol, en esa cascada de temporalidades paralelas que recorren la vida de hombres y árboles, que sugieren sus continuas bifurcaciones, sus senderos del agua que almacenan para cuando haya sed en las miradas del jardín.
    Cada árbol es un país mágico, cada bosque una galaxia de pájaros e insectos, de rastros y habitantes de la oscuridad que vigilan la buena salud de las raíces. Cada árbol en la medida en que crece va dejando en los otros el reflejo de su acercamiento infinito a la perfección. Cada árbol sabe que por alto que se empine nunca llegara al cielo. Pero al menos tiene la intuición de árbol de que algún día las nubes que inclinan su frente ante el monumento de la montaña se acercaran a besarlo.
    El árbol que besa la nube, cuando esta se recuesta a la montaña, sabe que no es una metáfora caprichosa fabricada por algún poeta que persiste en sus observaciones. Cada árbol sabe lo que el viento susurra bajo las estrellas, intuye que el lenguaje del viento eterniza su búsqueda constante y que su influencia sobre el lenguaje de las hojas permanece para siempre.
    En este sentido el lenguaje del árbol habla al hombre de su rectitud, de su sensatez ante las aguas que corren enfurecidas a recuperar su herido lecho de otros tiempos.
    En el mundo poético de la escritura del árbol, en el lápiz que sigue aferrado a la memoria de mis dedos como el carbonero a su mina de grafito, como el milenario bosque cristalizado, a la antigua roca peninsular, en el dictado del lenguaje que habla a través de la naturaleza de cada cosa.
    El inmenso caracolí, un resplandor en el camino. El urapán, cautivo por el gris pavimento que lo cerca, descubre que las líneas y colores de la iguana son secretos mensajes, profundos misterios no descifrados por el hombre metódico y lineal. Son la voz que viene del vientre de la tierra que sólo puede escuchar el hombre que interpreta los cantos del urapán cuando la tarde lo invita a dialogar con su sombra, esa otra oculta voz con que el árbol escribe sus pausados movimientos.
    En un milenario bosque de alerces ubicado cerca al Estrecho de Bering, uno de estos antiguos hermanos detiene el universo de su estatura ante un rayo de sol para que el poeta pueda dar fin a su poema y morir con su mirada pendiente de la rama iluminada. En la punta de la rama más alta, cual “pájaro detenido, trémulo, sobre su trino” se queda pendiente la mirada del poeta. Este poeta que en música se derrama permanece tendido en la frialdad de aquel suelo como cadáver insepulto. Antes de morir, el poeta, descubre que la rama tiene atada entre sus dedos el nido de un ruiseñor. Alguien dijo después que por allí los ruiseñores no derraman su música, porque no son pájaros de estos lugares, que tal vez se trataba de un sinsonte. Lo cierto es que el canto se escucho como una flecha en la rama. La nota del que canta se quema viva en el lenguaje del poeta. El pájaro, la mirada, la rama y el último suspiro del poeta que se despide con su postrimero aliento de luz, están constituidos de lenguaje y el poeta se queda en el lenguaje que lo habita. El poeta desaparece como ser vivo ante aquel asombroso prodigio del lenguaje que permanece. Cuando el sol lanza aquella nota amarilla sobre el alerce, el poeta percibe que la rama se vuelve astilla y que de allí nace la flecha que lo alcanza. Dice, quien tomo el poema de sus yertas manos, que el poeta alzó los ojos al cielo y no vio nada, porque nada existe donde habita la muerte.
    Fuera de los árboles, donde culminó el poema de toda una vida, el resto es invención de poetas dijo alguna vez un tronco de árbol cuando alguien quiso en el abrir el recuerdo de una herida. Pues son los arboles los primeros en recordarnos que los seres más memorables en la historia de la literatura (que es la historia imaginaria de la humanidad, iluminando constantemente la otra historia), nunca fueron otra cosa que la hechura del lenguaje. Por encima de los árboles están las nubes y por encima de las nubes sólo lenguaje. Pero si el poeta acompaña al árbol descubre que cuando la luna canta su ausencia la sombra se va con ella y sólo queda el árbol bajo las estrellas y más allá de las estrellas permanece el infinito negro donde nuestra voz no alcanza. Las sagradas escrituras fueron creación de la palabra “la palabra era un dios” dice Juan. La palabra dota al hombre de mundo. El lenguaje crea el mundo en el pensamiento. Los poetas reconocen el árbol como su hermano mayor porque estaba en la tierra mucho antes que él y mucho antes que el poeta lo bautizara como árbol de la eterna justicia, como símbolo de la armonía con el cosmos. Antes de ser nombrado como una construcción del pensamiento, ya el árbol era un ser hecho y derecho. Los ángeles, con su vestido manchado de zapote, son creaciones del lenguaje, son seres de la mente, hechuras de la imaginación. Es la imaginación la que dicta al amanuense el nombre de los arboles. Los seres de la naturaleza dejan que primero hable el árbol. Por ello el niño lo primero que aprende es a coger un lápiz. Luego dibuja el árbol de donde fue extraído el grafito, y el árbol de la madera que cubre el grafito y da forma al lápiz. El lápiz es un árbol que dibuja una casa. Así la conciencia se hace materia. El pensamiento como acero derretido sobre las páginas de un libro. Los hombres como esculturas fantasmales que emergen de entre los árboles.
    Por ello los arboles que evocamos, cuando son cantados por los poetas, como la ceiba de la memoria o los cambulos y gualandayes, la hoguera que se siembra a la sombra de un samán, la meditación de los chiminangos a orillas de los remansos tienen más perdurabilidad como entes de la realidad, más espacio-tiempo ocupado en la memoria de los hombres que los poetas de carne y hueso que los crean y recrean como cuerpo de sus cantos, pues el lenguaje poético, como creación de universos, tienen más perdurabilidad que los hombres que crean e interpretan el mundo a través de él.
    Es por ello que en la cercanía del hombre al árbol, el poeta llena, ese espacio vacío que los separa, de sugerencias, de transparencias de su ser cristalizadas en el lenguaje. El lenguaje como ser que habita todos los lugares de la tierra, se alimenta de la misma savia del árbol del conocimiento, de él, de su realidad material surgen los primeros nutrientes con que el hombre alimenta el pensamiento que lo conduce a ser un sembrador de conocimientos, un cultivador de tradición cultural a través de la madeja del lenguaje. Cuando descubre que de la semilla brota el árbol y planta su primer huerto de olivos, el hombre presiente, intuye y piensa que el poeta tiene razón cuando advierte: ! silencio, la tierra va a parir un roble¡

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  21. ojala el mundo sea magico y real y que no haya mas incendios y que no corten mas árboles y que haya algo sin cortar y que les hacen daño que les transplanten.

    Porfavor dejen a los árboles quietos

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  22. q galan fuera un sueño lo q estamos viviendos, fuera sueño todos los desastres , como incendios forestales, ojala fuera un sueño y cuando dispertaramos nada de esto estuviera sucediendo…….

    les pido a si como se cambian de ropa
    a si siembren un arbol

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